domingo, 13 de enero de 2019

El sentido del humor no está en entredicho


Alguien ha mencionado, recientemente, que el sentido del humor – que es una particularidad de los españoles – está en entredicho, pero yo discrepo de esa segunda afirmación. Lo que muchos cuestionamos es el mal gusto y el partidismo que se esconden tras un mal uso de la libertad de expresión, no el sentido del humor en sí mismo. Porque hay chistes que hacen gracia la primera vez – a veces ni siquiera – pero que la pierden cuando se repiten hasta la saciedad. Especialmente cuando no buscan hacer reír, sino enmascarar el sectarismo más acérrimo o contentar a cierto sector de la población a costa de los demás.

Siempre digo que me gusta reírme con las personas, no de ellas. Cuando en un grupo, diez ridiculizan a otros diez, y unos y otros son siempre los mismos, no me hace maldita la gracia. Sea cual sea el tema. Porque el humor puede ser más negro que el carbón, pero respetando ciertos límites. Los dardos han de dispararse en todas direcciones, en caso contrario no es humor, sino un ataque deliberado y malintencionado.

Lejos de hacer reír, algunos pretenden instalar en España la provocación constante, el insulto fácil, la vulgaridad y el sectarismo. Y por ahí no paso; de hecho, somos muchos los que no estamos dispuestos a permitirlo. Eso no es sentido del humor, es otra cosa que podemos calificar con adjetivos bastante más feos. Quizás estén acostumbrados a campar por sus respetos, a que nadie les tosa o replique, pero ya es momento de que se den cuenta de que no solo no tienen gracia, sino de que no vamos a tolerar ese asalto injustificado al respeto y al buen gusto.

Algunos les ríen las gracias, yo no. Y no es por falta de sentido del humor, sino por decencia y respeto a los demás.

martes, 1 de enero de 2019

Empezamos año

Desconozco si tengo un gen de más o si por el contrario se olvidaron de ponerme alguno, pero mi capacidad para ilusionarme no es normal. Amanecí en Nariobi, el verano pasado, con una mente abierta y vacía de experiencias, dispuesto a ir llenándola a grandes tragos aun a riesgo de atragantarme.

Fue entonces, veinticuatro horas después de haber echado la llave a la puerta de mi apartamento en Suiza, cuando sentí que comenzaba de verdad el viaje. Entré en un aeropuerto minúsculo, cuyo control de seguridad habría cabido en una habitación estándar de hotel. En realidad, todo él era de juguete, contenido en estas dos fotos que os muestro.



Los pasajeros de los distintos vuelos iban llegando mientras me preguntaba cuál sería mi avión. Cuando supe que éramos siete, supuse que no sería ninguna de las aeronaves que había entrevisto tras el cristal, sino otra mucho más pequeña.

Fui el primero en subir y me apresuré a tomar asiento junto a los pilotos, para poder grabar algún vídeo del despegue y del aterrizaje. Detrás de mí, un par de británicos preocupados por las posibles turbulencias, me preguntaron si había volado alguna vez en un aparato parecido.


Sí, les dije. De hecho, éste me parecía bastante grande. Y es aquí donde entra en juego esa cadena diferente de ADN a la que me refería al principio, porque donde algunos ven peligro o motivo de preocupación, yo solo atisbo aventura de la buena.



El vuelo, con escala en alguna pista de tierra perdida en la inmensidad de África, fue muy tranquilo, sin las temidas turbulencias, mientras sobrevolábamos un paisaje nuevo, desconocido y atrayente. Imaginaba qué animales había allí abajo, aguardando a que aterrizara para cruzar nuestros caminos. Pensé en los baches y las nubes de polvo que me esperaban; y sonreí.



Todo este rollo para contaros que no sé qué me tiene preparado este 2019 que ahora comienza. Es algo que iré descubriendo día a día, sin prisa y sobre la marcha, pero me siento como en ese avión pequeño que está a punto de despegar, y me embarga la emoción. No puedo, ni quiero, evitarlo. Se llama ilusión, y forma parte de mi vida.