domingo, 11 de octubre de 2015

Annecy

A veces los sueños se cumplen antes de lo esperado.


Me habían recomendado esta población de la Alta Saboya francesa, y la puse inmediatamente en mi lista de destinos con la intención de visitarla en mayo o junio del año próximo, pero mis amigos me preguntaron por un plan para el fin de semana, y en menos que canta un gallo organizamos una excursión para siete de nosotros.

A principios de septiembre seguíamos disfrutando de un tiempo excepcional. El sábado estuvo nublado, pero no llovió; el domingo nos hizo un día espléndido. Comenzamos nuestra visita por los alrededores del lago.





El centro de Annecy es pequeño y hay que caminarlo, pasear junto a esos canales que le dan un encanto especial. Restaurantes y cafés conviven con tiendas de flores y vinotecas. El palacio de l’Isle, del siglo XII, es uno de los monumentos más fotografiados y merece la pena darse una vuelta por allí una vez anochecido. 



La subida al castillo, antigua residencia de los condes de Ginebra,, y en el que había algunas exposiciones demasiado modernas para mi gusto, es corta y apta para todos los públicos.



Da gusto pasear por sus calles limpias, adornadas con flores, y una vez más me pregunto por qué no podemos ser así en España. Me dicen que soy demasiado crítico con mi país, pero es que es verdad, fuera se vive mejor, la gente es más educada y respetuosa. Eso es verdadera calidad de vida.

Por la tarde sale el sol, resaltando fachadas y canales sobre el fondo de un cielo nublado. Es mi la luz favorita.




La comida es excelente, el vino, una maravilla (aquí se nota que voy desde Suiza). Fondue, steak tartar, sololmillo, quesos, etc… El Genepi es un licor hecho a base de hierbas muy típico de esta zona. Cada uno tiene su receta secreta, así que probamos varios, pero con cuidado, que algunos llegan a los 55 grados.


Tampoco podemos dejar de visitarla por la noche.




Da gusto viajar con gente que se adapta, que sonríe siempre y que saca partido a la vida sin grandes alardes. Estoy viviendo una segunda juventud, con amigos que no llegan a los treinta y que me recuerdan a aquel Tawaki que quería comerse el mundo cuando vivía en Bruselas, hace veinte años.

El domingo amaneció así de soleado. Dimos otra vuelta por el centro y marchamos para casa, deteniéndonos en la Creux du Van, pero eso es otra historia.