Continuación de la entrada anterior…
El frío, el cansancio y la imposibilidad de encontrar
una de esas cervecerías que crecen como hongos en Bavaria, hacían mella en mi
ánimo, pero no quise volver al hotel sin visitar la casa natal de Goethe, que
por lo visto atrae a unos 100.000 visitantes al año.
Johann
Caspar Goethe, cónsul imperial y padre del escritor, fue quien dio a la casa su
forma actual, remodelando en 1756 dos casas que había heredado. De estilo
burgués Rococó, el edificio fue completamente destruido en la Segunda Guerra
Mundial; lo que hoy vemos es una reconstrucción de 1951 según la estructura
original.
Se
accede por el patio, llegando a la cocina y al Cuarto Azul.
Una
amplia escalera barroca conduce hasta la preciosa estancia Peking, la sala de
estar llamada así por la decoración chinesca del papel pintado.
El
salón de música, con sus históricos instrumentos de teclado, ilustra el gran
interés musical de la familia.
El
segundo piso era donde tenía lugar la vida cotidiana. Encontramos también la biblioteca
del padre de Goethe y la sala de pinturas. Hay habitaciones en recuerdo a la
madre y a la hermana.
En la última planta hay un teatro de marionetas y una buhardilla en la que
vivió Goethe tras completar sus estudios de derecho. Ahora se muestran allí
algunos de sus primeros poemas junto con otros documentos. La casa pertenece a
una fundación ciudadana establecida en 1859, que la adquirió cuatro años más
tarde, decorándola con muebles de época. Desde entonces está abierta al
público.
En 1897 se abrió un museo como complemento a la casa
que acoge pinturas relacionadas con la época y la vida del escritor. Salimos
por donde hemos entrado, por un minúsculo jardín y por un patio cubierto.


















