No importa la edad que tengamos ni la experiencia que hayamos acumulado. Sigue sorprendiéndonos descubrir que, como nosotros, las personas que nos rodean son humanas y, por lo tanto, falibles.
He retrocedido quince años, a cuando comenzaba en esta empresa y había que poner muchas cosas en orden. He recuperado tareas que ya tenía medio olvidadas, porque es momento de tapar ausencias inesperadas y de apagar fuegos aun sin los medios adecuados.
Así pues, el 2011 no ha comenzado nada bien; ese trabajo que pedía en la entrada anterior (en realidad me refería al sueldo, no al trabajo en sí) ha llegado con creces, me absorbe demasiado y no encuentro las coordenadas que me permitan publicar más a menudo ni visitaros con la frecuencia habitual.
De momento me lo estoy tomando como una segunda juventud laboral, tirando de experiencia para disimular que ya no tengo veinticinco años. Toca remar.


