jueves, 7 de febrero de 2019

Cold War

Suelo aprovechar las fechas navideñas para ir al cine, porque en Zug no exhiben películas que me interesen y porque mi inglés no me da para verlas en versión original, con subtítulos en alemán, en Zúrich. Pero estoy haciendo trampas, porque la cinta de la que os hablo hoy la vi hace ya varios meses, en otoño.

Cold War, del director polaco Pawel Pawlikowski, me gustó mucho, y es, de largo, la mejor película que he visto en todo el 2018. ¿La recomiendo? No. El cine me parece algo tan personal (y yo soy tan raro en lo que a este arte se refiere) que no me atrevo a recomendar nada, pues cada uno tiene su criterio, a lo que se añade que depende mucho del momento en el que la veamos y de lo que estemos buscando.

Apenas éramos una veintena de personas en el cine, y eso que era un viernes por la noche, pero los gustos de la juventud han cambiado, y supongo que todos estaban visionando la última de superhéroes. Nada que objetar, cada uno que se divierta como quiera.

Presentada en el festival de Cannes del año pasado, y ensalzada por una crítica que la califica de obra maestra, a mí, en cambio, lo que me convenció para comprar la entrada fue el nombre de un director que conocía por otra obra suya que también me había gustado mucho: Ida (Polonia, 2013).

Porque hemos llegado a un punto en el que no elegimos las películas porque sean románticas de guerra o westerns, sino que vamos al cine porque nos gusta determinado director o alguno de los intérpretes.


Con tan poco bagaje, ya que acudí casi a ciegas, me sorprendió el principio, plagado de cantos regionales, que me hizo preguntarme dónde me había metido. Pero el desconcierto duró poco; enseguida me concentré en esos encuadres fabulosos enmarcados en un blanco y negro brutal y en un cuatro tercios nada convencional. En esta película, la cámara nunca está colocada al azar, y cuanto más la miras, más cosas descubres. Por eso me gustó tanto.

La historia avanza y retrocede, con algunos giros inesperados y uno de los finales más críticos que he visto en mucho tiempo, pero con esa fotografía y puesta en escena, el guion es secundario, lo mismo que unas interpretaciones que me parecieron mejor que buenas.

Ya no se hace mucho cine como este. Y no me extraña, porque he leído comentarios que la califican como un sinsentido largo y aburrido. Una prueba más de lo variados que somos los seres humanos en nuestras apreciaciones. Imagino que, al no haber explosiones, un ritmo trepidante, ni gráficos por ordenador, no interesa a una gran parte de los espectadores. Pero basta con que a mí me haya gustado.    

viernes, 25 de enero de 2019

St Moritz


Tengo en mi cabeza, desde aquellas primeras visitas a unos amigos que vivían en Suiza, allá por los primeros años de este siglo, una imagen de postal, con un pueblo en cuesta, una calle flanqueada de hoteles lujosos y un lago al fondo del valle.


En enero de 2018, aprovechando uno de los por entonces escasos días de sol, tomé un tren en dirección a St Moritz en busca de esa postal. Está lejos de Zug, y una vez más tuve que madrugar, pero no me importó, porque ya estoy acostumbrado.

Efectivamente, los hoteles estaban allí arriba. Era invierno y la nieve no solo se apilaba junto a la carretera, sino que ocultaba el lago por completo. Al fondo, las montañas, también blancas, cubrían el horizonte.





El lago estaba al fondo de la hondonada, pero por alguna razón no terminaba de encajar con la postal que yo tenía en mente. El que yo recuerdo estaba en la otra dirección, y eso me hizo dudar de que fuera el mismo sitio.



Antes de entrar en el pueblo, encaminé mis pasos hacia el museo del pintor Giovanni Segantini, donde una señora muy amable me informó de que cerraban en un cuarto de hora por la pausa del almuerzo. Eso sí, podía usar la misma entrada para volver por la tarde si lo deseaba.


El caso es que, sintiéndolo mucho, los cuadros me dijeron bien poco, y me las arreglé para verlos todos un par de veces en esos breves quince minutos. No es que sean malos, simplemente no son de mi estilo.



Ya en el pueblo, cuyo nombre honra a San Mauricio – un santo cristiano procedente de Egipto que se cree fue martirizado en la actual Suiza – pasé un buen rato dando una vuelta, esquivando como podía las numerosas placas de hielo. La estrechez de las calles y la sombra que proyectan los edificios impiden que la luz del sol llegue hasta ese suelo tan resbaladizo.




La Schiefer Turm les quedó un poco inclinada, unos tres metros en concreto. Mide 32.75 m y pesa 1.264 toneladas. Fue erigida en 1570 y reconstruida en 1672. La inclinación data de 1797, probablemente motivada por un terremoto, y los esfuerzos por aligerar su peso y evitar que siga inclinándose han sido constantes desde principios del siglo XX.




Casi sin darme cuenta, se me terminó el pueblo, pero el paisaje era tan bonito que continué adelante. Es una de las cosas buenas de Suiza: los bosques nunca andan lejos.




El día soleado, el azul del cielo, la blancura de la nieve y los árboles desnudos formaban la ecuación perfecta, y momentos así no se pueden desaprovechar.




Pionero en el turismo de invierno en los Alpes, St Moritz lleva recibiendo esquiadores desde hace más de 150 años. No en vano, es un centro de esquí muy conocido en todo el mundo. Un lugar cargado de historia, famoso también por sus carreras de caballos sobre la nieve que cubre el lago. Como yo no soy amante de los deportes de invierno, después del paseo me busqué un buen restaurante, aunque almorcé dentro, porque a pesar del sol, hacía demasiado frío como para sentarse en la terraza.




No encontré la postal que iba buscando, así que tendré que volver en verano. Quizá entonces pueda comprobar si éste era el sitio al que fui hace ya casi dos décadas. Como veis, apenas llevo un año de retraso con mis entradas sobre Suiza.