sábado, 16 de marzo de 2019

Camboya III

Conozco poco de Asia, y eso hace que las comparaciones con India o Vietnam sean inevitables. Camboya es más pobre, menos desarrollado, y apenas se asoma a un turismo que solo acude a Siem Reap en busca de los templos más famosos mientras desdeña el resto del país. La turbulenta historia de este rincón del mundo no ayuda; es una losa demasiado reciente que pesa sobre la educación de un pueblo que, falto de recursos, está sometido a una fuerte corrupción mientras es ignorado por la comunidad internacional.


Es cierto, tiene un patrimonio magnífico: el de los templos, y eso puede ser una tabla de salvación, pero me pregunto si será suficiente. Nosotros quisimos conocer más, y en cierto modo lo hemos conseguido; al menos todo lo que te permite llegar a las aldeas en un todoterreno enorme, cargado con una cámara que es de todo menos discreta. Lo ideal sería hacerlo caminando o en bicicleta, pero los problemas son los mismos de siempre, la falta de tiempo y lo apegados que estamos a las comodidades.


No sé cómo de real es la visión que nos han dado unos guías que nos parecieron estupendos, pero confío en que sea más completa que la que se obtiene visitando Angkor durante un par de días como extensión al típico viaje a Talilandia.


Comenzamos por Nom Pen, la capital, donde visitamos el Palacio Real, el Museo Nacional y algunas pagodas.


Teníamos claro que los santuarios eran una prioridad, incluyendo algunos más aislados, menos conocidos. Como la red viaria no es buena, ello implica pasar por lugares menos interesantes y hacer noches extra en zonas apartadas.




El premio es doble, conocer la Camboya rural y visitar ruinas como la de Sambor Prey Kuk en absoluta soledad, como debieron hacer sus descubridores.






Los hoteles se convierten en un oasis en los que descansar después de un día agotador, dominado por el calor y los kilómetros; una ventaja que no tenían a su alcance los antiguos viajeros.


Vimos mercados en los que la gente desea aprender español; cualquier idioma en realidad. Encontramos gente trabajadora y atenta que se abre a un turismo todavía incipiente en muchos lugares. Insisten, con educación y buenas maneras, son buenos negociantes, pero menos pesados que en otras partes.



Hay costumbres que impactan, alimentos cuando menos poco habituales, que hacen que salten todas esas alarmas que vienen de serie con nuestra cultura occidental. Pero viajamos para conocer, ¿no? Bueno, hay límites que nos cuesta traspasar. Probé los grillos, los gusanos de seda y las tarántulas, pero no pude ni con unos huevos de pata, en cuyas yemas se paseaban los gusanos, ni con las ranas rellenas.





La mejor manera para acercarse a las comunidades locales es subirse a una moto. Se recorren entonces caminos estrechos llenos de baches, entre campos de arroz y acequias. Abundan los búfalos y las vacas, los perros y las gallinas.







Llegamos al templo de Nokor, donde una vez más, somos los únicos turistas.




Un transbordador improvisado con unas tablas de madera nos ayuda a cruzar el río y descubrir la pagoda Sampou Meas Sampou Prak. El edificio destaca aún más si lo comparamos con las casas circundantes.






Todo ello con el objetivo de alcanzar Preah Vihear, un templo que fue explotado inicialmente por los tailandeses, aprovechando que se encontraba en un lugar remoto, plagado de minas terrestres y de difícil acceso para unos camboyanos que ni siquiera eran conscientes de su valor comercial. Hubo guerra – aún hoy quedan trincheras, búnkeres y soldados – y el templo pasó a manos camboyanas.




Esto empezó siendo una entrada, pero ya se ha convertido en tres, porque la emoción me puede, y porque es mucho lo que os quiero contar. De modo que, continuará….