lunes, 17 de febrero de 2020

La niebla persiste

Estamos teniendo un invierno atípico, el más suave con diferencia de todos los que llevo en Suiza, con temperaturas de doble dígito que solo muy ocasionalmente han bajado de cero, lo que es una pésima noticia.


El Zugerberg, el monte que consideramos nuestro por su cercanía, debería estar cubierto de nieve desde hace meses en lugar de mostrarnos sus laderas verdes.



La niebla, en cambio, una residente habitual durante noviembre y diciembre, se resiste a marchar, cuando se supone que los rayos del sol deberían ser ya protagonistas.




Generalmente es solo un fenómeno local, fácilmente soslayable si se toma uno la molestia de desplazarse unos cuantos kilómetros en cualquier dirección, pero ese fin de semana de enero no era el caso, y toda Suiza aparecía con el cielo cubierto de nubes.




Aproveché para cenar estupendamente con unos amigos, leer, ver esas películas que tanto me gustan y para dar un paseo por la orilla del lago. Quería fotografiar, aunque fuese con el móvil, esa niebla tan obstinada.



Hacía mucho que no me acercaba por esta parte del lago, y me dolió descubrir que los bancos en los que solía sentarme a leer avanzada la tarde, habían desaparecido. Podrían haberme pedido permiso.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Exposición en el Jardín Botánico de Madrid

No es casualidad que la primera entrada de este blog, allá por el 2007, estuviese dedicada al fotógrafo Chema Madoz, un artista al que sigo desde que descubriera sus siempre originales fotos. Así que me apunté la exposición que está tenido lugar en el Jardín Botánico de Madrid, la única que he visto en esta pasada Navidad. Y por si acaso se me olvidaba, una amiga, también amante de la fotografía, me propuso ir a verla. La muestra, titulada “La naturaleza de las cosas” consta de 62 fotografías realizadas entre 1982 y 2018.





De este modo, aprovechando el buen clima madrileño, impropio del invierno, nos plantamos allí y pagamos los seis euros que cuesta la entrada. Mis fotos no le hacen justicia, porque el Pabellón Villanueva deja entrar mucha luz y los reflejos estaban garantizados, pero la visita mereció la pena a pesar de que ya conocía la mayor parte de las obras.




Dejamos la exposición, que puede visitarse hasta el 1 de marzo, y nos dimos una vuelta por el jardín, que es pequeño y que en invierno ofrece pocos alicientes. Es una lástima que la falta de dinero (imagino que esa es la causa) impida a Madrid tener un botánico en condiciones, con invernaderos que soslayen el frío del invierno y el calor del verano. Ya no es que hubiera pocas plantas interesantes, es que estaba muy descuidado, dando una triste sensación de abandono.


Pero como nos conformamos con cualquier cosa, estuvimos haciendo fotos a unas calabazas, a varios árboles singulares como un cedro del Himalaya de 27 metros de altura y cien años de edad. Buscábamos los contraluces a falta de otra cosa que llevarnos a la cámara.






Una planta de ricino dio un poco de color, y otra de cardo aportó la textura.




Pasamos a la zona de los cactus y a un pequeño invernadero donde hay algunas plantas carnívoras acompañadas de orquídeas, pero todo está sujeto a constantes obras de renovación que ni avanzan ni se terminan. Pido desde aquí que se destinen más fondos al Jardín Botánico para evitar esta imagen tan lamentable que presenta.




El sol apareció, aunque fuese con timidez y, como digo, la temperatura era muy agradable para esta época del año. Estábamos prácticamente solos porque la atracción eran las luces de Navidad, que se encenderían una vez anochecido.




Recuerdo el jardín que hay en Londres (Kew Gardens) y no puedo dejar de preguntarme por qué no podemos tener algo parecido en un país como España, donde el clima es más clemente. Parece que nos preocupan más otras cosas menos importantes.

sábado, 25 de enero de 2020

La importancia que damos a las excepciones

El avión que hacía la ruta Zúrich – Madrid el pasado 20 de diciembre se movió de lo lindo durante unos veinte minutos, poco antes de su aproximación al aeropuerto madrileño, debido a unas condiciones meteorológicas inesperadas.

Hubo algún grito de sorpresa, inmediatamente sofocado; varios pasajeros vomitaron y yo tuve que dejar de leer porque mi libro se movía a ritmo de samba. Nunca hasta entonces había sufrido tantas turbulencias en un vuelo comercial, porque además de los consabidos baches, el avión se inclinaba ora a la izquierda, ora a la derecha.


Por la razón que sea, no me asusta volar, ni siquiera cuando el aparato se mueve como si fuese a desmembrarse, quizás porque confío en la estadística y en los pilotos que nos llevan. Siempre he dicho que si me tiene que suceder algo grave en un avión, me gustaría que fuese con una tripulación de Iberia o una estadounidense, pues son los mejores.

Abandonada la lectura, me dediqué a tomar notas para esta entrada, desarrollando una idea que me vino a la mente al ver las caras tensas de mis compañeros de viaje.


Creo que la mayoría de los seres humanos nos preocupamos en exceso por lo excepcional, mientras que tendemos a obviar lo cotidiano. Cuando hay turbulencias enseguida pensamos en que el avión va a estrellarse sin remedio, cuando lo normal es que no suceda nada.

Hay quien cancela un viaje a un país o a una ciudad que acaba de sufrir un atentado o porque leyó en la prensa que hubo un robo, un asalto, un secuestro. En esto, la televisión se lleva la palma a la hora de asustarnos.


Cuando en 2009 fui a Perú hubo quien cuestionó mi salud mental porque se habían producido algunos casos, muy pocos, de gripe aviar. Más tarde, en 2014 se repitió la escena camino de Botsuana mientras el ébola ocupaba los telediarios.

Porque los medios de comunicación son los responsables de esas histerias colectivas provocadas por apenas un grupito de sucesos. Son expertos en poner el foco en la excepción, que es lo que les da dinero, y hacernos creer que la realidad es otra. Lo vemos continuamente con unos enfrentamientos que si bien crecen, están muy lejos de ser cotidianos.


No sé, quizás esté loco o me guste llevar la contraria. Puede que un día, en una crisis de verdad me ponga a gritar como un poseso, pero por el momento, cuando me enfrento a lo insólito, a lo improbable, me da por pensar que los números están de mi lado y me dedico a mirar por la ventanilla en mitad de las turbulencias. Y me pregunto por qué los humanos somos, en general, tan fácilmente manipulables a pesar de contar hoy día con más información que nunca.

Por cierto, el tema de esta entrada no es el miedo a volar. Lo del avión ha sido una excusa para discutir sobre lo poco evolucionados que estamos.