A veces
los sueños se cumplen antes de lo esperado.
Me habían
recomendado esta población de la Alta Saboya francesa, y la puse inmediatamente
en mi lista de destinos con la intención de visitarla en mayo o junio del año
próximo, pero mis amigos me preguntaron por un plan para el fin de semana, y en
menos que canta un gallo organizamos una excursión para siete de nosotros.
A
principios de septiembre seguíamos disfrutando de un tiempo excepcional. El
sábado estuvo nublado, pero no llovió; el domingo nos hizo un día espléndido. Comenzamos
nuestra visita por los alrededores del lago.
El centro
de Annecy es pequeño y hay que caminarlo, pasear junto a esos canales que le
dan un encanto especial. Restaurantes y cafés conviven con tiendas de flores y
vinotecas. El palacio de l’Isle, del siglo XII, es uno de los monumentos más
fotografiados y merece la pena darse una vuelta por allí una vez anochecido.
La subida
al castillo, antigua residencia de los condes de Ginebra,, y en el que había
algunas exposiciones demasiado modernas para mi gusto, es corta y apta para
todos los públicos.
Da gusto
pasear por sus calles limpias, adornadas con flores, y una vez más me pregunto
por qué no podemos ser así en España. Me dicen que soy demasiado crítico con mi
país, pero es que es verdad, fuera se vive mejor, la gente es más educada y
respetuosa. Eso es verdadera calidad de vida.
Por la
tarde sale el sol, resaltando fachadas y canales sobre el fondo de un cielo
nublado. Es mi la luz favorita.
La comida
es excelente, el vino, una maravilla (aquí se nota que voy desde Suiza). Fondue,
steak tartar, sololmillo, quesos, etc… El Genepi es un licor hecho a base de
hierbas muy típico de esta zona. Cada uno tiene su receta secreta, así que
probamos varios, pero con cuidado, que algunos llegan a los 55 grados.
Tampoco
podemos dejar de visitarla por la noche.
Da gusto
viajar con gente que se adapta, que sonríe siempre y que saca partido a la vida
sin grandes alardes. Estoy viviendo una segunda juventud, con amigos que no
llegan a los treinta y que me recuerdan a aquel Tawaki que quería comerse el
mundo cuando vivía en Bruselas, hace veinte años.
El
domingo amaneció así de soleado. Dimos otra vuelta por el centro y marchamos
para casa, deteniéndonos en la Creux du Van, pero eso es otra historia.

















