Andermatt es una localidad suiza por la que he pasado
en numerosas ocasiones. La vi cubierta de nieve cuando fui al glaciar Aletsch y
me dije que tendría que volver en verano, convencido de que encontraría
numerosos senderos por los que caminar.
De modo que el último sábado de septiembre, vencí la
pereza que me impelía a quedarme en la cama, me levanté a las siete de la
mañana y me subí al tren después de comprobar la previsión meteorológica.
Se llega en menos de dos horas, pero es necesario
tomar cuatro trenes. Menos mal que los suizos se organizan bien y las
conexiones eran casi inmediatas. En la oficina de información turística me
dijeron que la telecabina que pensaba tomar estaba cerrada hasta noviembre,
pero conseguí un folleto con varias caminatas y me recomendaron una muy fácil.
Apenas tuve que cruzar una calle para llegar a esta
otra telecabina. Andermatt está en lo más profundo de un valle, rodeada por
montañas altas, de modo que siempre viene bien un poco de ayuda para salvar los
primeros metros. El teleférico tiene dos tramos, el primero es de un kilómetro
de largo y nos sirve para salvar 1.080 de desnivel. El segundo es el doble de
largo y nos eleva otros 822 metros más.
Una vez arriba, solo hay que seguir la pista de tierra,
siempre recto, hasta llegar al que era mi objetivo, un pequeño lago glaciar
llamado Lutersee.
El aire es fresco, pero no hace demasiado frío. El
horizonte está cubierto de montañas en todas direcciones y el aire es limpio
como en pocos sitios.
Somos muy pocos los que hemos decidido subir y apenas
me cruzo con una docena de personas, pero los suizos no callan, y las
conversaciones me molestan. Es algo que no puedo evitar. Las montañas que hay a
mi izquierda tienen paredes verticales que aprovechan algunos escaladores. No
parece que tengan demasiada experiencia, pero me asombra la capacidad que
tenemos los humanos para vencer los retos que nos proponemos.
El mío, en cambio, es bien sencillo, ya que apenas hay desnivel entre la telecabina y el lago. Lo único que echo en falta es algo más
de vegetación, pero es que estamos bastante altos.
Dejo el lago a mi derecha y alargo un poco el
recorrido. Me han informado de que parte del camino hacia Oberalppass está
cortado, así que tendré que dar la vuelta y regresar por donde he ido.
Había pensado comer en ese otro lago, el Oberalpsee,
pero viéndolo desde aquí arriba no parece que sea demasiado atractivo. Consulto
el horario de trenes: veinte minutos en cada dirección más los tiempos de
espera. Decido, pues, descartarlo y almorzar en Andermatt.
Basta fijarse en cómo se disponen los estratos de las
rocas para entender la enorme presión a la que están sometidas. Casi nadie me
cree cuando digo que lo que ahora se encuentra a varios m.s.n.m. se formó bajo
el lecho marino.
Pero aún es pronto para bajar. Dejo la pista y me
acerco a la orilla del lago, donde el agua está fresquita, quizás menos de lo
que esperaba.
Parece que el sol, que lleva batallando con las nubes
toda la mañana, por fin gana la partida, y aprovecho para sentarme en una roca
y empezar el enésimo libro de Camilleri. Sus personajes son ya como de la
familia y es fácil de leer.
Sin embargo, el sol pega fuerte y aguanto poco. Se
echa de menos una sombra que proteja del aire tan limpio. Decido recorrer la
otra orilla del lago y para volver a la senda tengo que atravesar un canchal de
los gordos. La mayoría de las rocas son firmes, pero otras ponen en peligro mis
tobillos.
De vuelta en Andermatt busco un restaurante y
encuentro éste, especializado en fondues. Es un poco pronto para iniciar la
temporada, pero sobre ello no hay reglas escritas. Ni siquiera en Suiza.
Comparto el local con un grupo de cinco asiáticas que
lo pasan en grande, probando platos típicos, haciéndose fotos con el dueño,
etc. Ellas siguen camino por Suiza, a mí me quedan dos horas y varios trenes
para llegar a casa.



























