Con
una temperatura que solo en contadas ocasiones sobrepasó los diez grados
durante nuestra visita, y con una sensación térmica aún menor debida a los
fuertes vientos, no es de extrañar que Islandia esté supeditada a un clima que
los que hemos nacido en países más cálidos solo podemos calificar de adverso.
Ha sido, con mucho, el mes de julio más frío de mi vida.
Puede
que a los vikingos que la descubrieron les pareciese un jardín de las delicias,
pero nosotros pasamos frío a pesar de abrigarnos con varias capas de ropa. Los
edificios son más prácticos que bonitos, mientras la población, escasa, se
concentra en los alrededores de la capital como quien se arrima a un brasero.
El
paisaje es en ocasiones desolado, con pocos bosques pero con cráteres y campos
de lava omnipresentes, fiordos infinitos de un azul intenso y nubes agazapadas
en las montañas. Las carreteras andan huérfanas de un arcén en el que detenerse
para hacer fotos y lo mismo atraviesan la planicie como un cuchillo, que se
vuelven caprichosas para adaptarse a una costa serpenteante de suaves colinas y
acantilados de vértigo.
Esa ha
sido quizás la mayor de mis frustraciones, el no poder parar donde y cuando quería,
porque quien diseñó las áreas de descanso no pensó ni en los turistas ni en los
fotógrafos. Esa y los cielos nublados que nos acompañaron durante buena parte
de nuestro viaje, matando luces y sombras, desvaneciendo los colores. Al menos,
la lluvia nos respetó, y solo apareció mientras conducíamos, como si pudiéramos
activarla a voluntad con un botón oculto.
Camas
sorprendentemente estrechas y precios muy altos sirven para poner fin al
apartado de quejas, porque el resto es sencillamente espectacular. Islandia me
recuerda mucho a esa Suiza en la que vivo, un país que cambia radicalmente
cuando sale el sol y sube el mercurio.
Francamente,
no sé cómo se las apañan los que dan la vuelta a la isla en una semana.
Nosotros hemos estado dos y siempre nos faltaba tiempo, hasta el punto de que
nos hemos dejado demasiadas cosas en el tintero. El listado de maravillas
naturales es muy extenso, pero es que detrás de cada curva te espera un fiordo
nuevo. Todos iguales, todos diferentes. Y nosotros somos de parar a menudo. La
red de senderos es, también, inabarcable.
Los
primeros días estuvieron marcados por una mayor afluencia de turistas, ya que
muchos se limitan al Círculo Dorado, en torno a Reikiavik. Pero en general, los
espacios son tan grandes que unos y otros nos dispersábamos, y la masificación
es soportable. Tanto más cuando sabes que en la parte más oriental no hay casi
nadie.
Algún
turista cafre y vulgar hemos encontrado, porque esa plaga lo invade todo y se
hace notar, pero la mayoría era gente educada, amante de la naturaleza, que,
como nosotros, recorría la isla en un vehículo alquilado, en silencio y en
calma.
Desdeñamos
la famosa Laguna Azul, pero nos hicimos islandeses por unos minutos en otra
zona del país, disfrutando de unas piscinas termales en las que el agua
caliente es una bendición. Están por todas partes y merecen mucho la pena.
Me ha
quedado una entrada muy negativa, porque no quería soslayar cosas que no me han
convencido, pero que nadie se lleve una mala impresión; es un lugar precioso
que merece una visita pausada. Dentro de unos días os doy cuenta de todo lo
bueno que podemos encontrar en el país más occidental de Europa (con permiso de
las Azores portuguesas).


























