sábado, 10 de agosto de 2019

Repetir sitios


Hay quien no es partidario de repetir los sitios visitados. Por otro lado, está los que piensan que cada ocasión es diferente.  A muchos, no solo no nos importa volver, sino que es algo que buscamos activamente, bien sea por mostrar ese lugar a otra persona, bien porque queramos comprobar si ha cambiado o nos inspira los mismos sentimientos.

Ese fin de semana de octubre, soleado como hay pocos en Suiza, nos fuimos a Stoos, para ver el lago de los Cuatro Cantones desde Fronalpstock, una vista que siempre impresiona y que ya he vivido tres veces.




Antes, hemos subido en telesilla, admirando un circo de montes que nos cubre las espaldas. Aquí y allá hay árboles vestidos de otoño.







El domingo, aprovechando otro día sin nubes, nos acercamos a otra de las montañas emblemáticas, el Titlis, cerca de Engelberg, al borde mismo de los Alpes.




Había menos nieve que de costumbre, pero el puente colgante seguía en su sitio, retándonos a que lo atravesáramos, cosa que hicimos una vez en cada dirección. También se trataba de mi tercera visita, aunque aquí no sé si volveré, porque se ha masificado hasta extremos increíbles.



Eso fue hace dos otoños, pero en la Semana Santa de 2018 nos decantamos por otras tres excursiones que nunca decepcionan. La primera, la del Rigi que es estupenda, con subida en tren cremallera por una vertiente, bajada por la otra, incluyendo un paseo en barco hasta Lucerna. El sol pegaba bien fuerte, por cierto.








En cuanto al Pilatus, la montaña del dragón, había más nieve que nunca, pero en un día despejado como éste, el paisaje es abrumador y no podíamos perdernos algo así.





En la garganta del Aar, casi nos cayó más agua del techo que la que llevaba el río. Aprovechamos que el día estaba nublado para caminar por las pasarelas de madera y no encontramos demasiada gente, quizás porque el tiempo no acompañaba como otras veces.










Como he dicho al principio: a mí no me importa repetir. ¿Y a ti?

jueves, 25 de julio de 2019

Nos dejó Camilleri

Supe de Andrea Camilleri hace ahora justo tres años, por lo que lo descubrí muy tarde, algo que compenso leyendo unos tres libros suyos al año. Siete de ellos pertenecen a la serie del comisario Montalbano, personaje cercano con el que es fácil identificarse y que le dio gran fama al autor cuando ya había cumplido los setenta.

Salvo Montalbano toma su apellido de Manuel Vázquez Montalbán, el creador de Pepe Carvalho, por quienes Camilleri sentía especial admiración. De hecho, ambos escritores mantendrían una larga amistad hasta la muerte del barcelonés en 2003.


Los libros de Camilleri son sencillos de leer, no albergan grandes pretensiones pero entretienen, con unos personajes recurrentes que terminan por hacérsenos familiares. La acción transcurre en Vigata, una localidad inventada que muchos asocian a Porto Empedocle, ciudad natal del escritor.

En un mundo como el actual, en el que todo ha de ser llevado al extremo para captar la atención del consumidor – y la novela policiaca no escapa a esa tendencia – se agradece que el autor siciliano nos evite los detalles más escabrosos, y nos lleve en cambio, de la mano del humor, la ironía y la crítica social.

A muchos de nosotros, la muerte de Camilleri a los 93 años nos deja huérfanos. No en vano, ha sido traducido a 36 idiomas y ha vendido más de 30 millones de libros. A mí me queda el consuelo de tener todavía muchas obras pendientes. Solo me queda pues, dar las gracias al maestro y disfrutar de ellos.