jueves, 17 de enero de 2008

Don McCullin

No suelo hacer entradas tan largas, pero como tengo que trabajar este fin de semana (qué pena me doy) prometo no daros la lata en algún tiempo, así que tomadlo con calma. Espero que sepáis disculparme.

Para los que no lo conozcan, es un fotógrafo británico, nacido en 1935. No lo traigo por sus fotografías, que son impactantes, sino porque su historia me plantea muchos interrogantes. Es como un dodecaedro, con múltiples caras.

Me gustan las personas que superan las dificultades y saben dar lo mejor de sí mismos.

Nació en el norte de Londres, en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Su padre era asmático y, aunque no podía trabajar, la enfermedad no le impedía jugarse el dinero ganado por la madre. Donald parecía predestinado a una vida de marginalidad y violencia, en una banda callejera.

West Hartlepool, 1963


Hizo el servicio militar como ayudante de fotografía aérea en la Royal Air Force y a la vuelta compró una cámara de segunda mano. Un día, sacó una foto de sus amigos, que pertenecían a una de esas bandas callejeras (la calidad no es buena, pero es la única que he encontrado)





Quiso la casualidad que al día siguiente estallara la violencia en su barrio y alguien, al ver la foto, le convenció para que la llevara a uno de los periódicos que cubrían la noticia. Al director le costó reconocer que pudiera ser suya, pero accedió a publicarla. Una foto que cambió su vida para siempre. Me pregunto en qué grado influye la suerte. Cuánto hay de azar y cuánto de voluntad por cambiar.

En 1959 le nombran responsable del servicio fotográfico de la revista "The Observer” Documentó la construcción del Muro de Berlín, tras lo cual estuvo en Chipre, donde su trabajo sobre la guerra civil le valió del primer premio de la Fundación World Press de Amsterdam.


Marine en Vietnam.

En 1964 marchó a Vietnam con la intención de mostrar el horror de la guerra. Estaba obsesionado con hacer algo, y le hubiese gustado que sus fotos sirvieran para cambiar el mundo, movilizar a la población, a los dirigentes, creando una nueva corriente de opinión, pero no fue así. Las guerras continuaron y él fue tras ellas. Nigeria (1968), Camboya (1970), Pakistán (1971), Uganda (1972), Medio Oriente (1973).

¿Qué puede hacer un hombre? ¿Cómo puede influir en la historia de la humanidad? ¿Sirven de algo nuestros esfuerzos o son baldíos? ¿Podemos cambiar el mundo?


Beirut.
Pronto deja de fotografiar soldados para centrarse en las víctimas, en la población civil, en los desplazados, en los que huyen. Entra en las casas de los civiles asesinados y fotografía a mujeres que lloran ante los cadáveres de sus maridos e hijos varones. Muchas veces se pregunta si este proceder es ético. Yo creo que la respuesta está en sus fotos, durísimas (de hecho hay un cartel en la exposición que lo advierte y alguna de las que pongo a continuación pueden herir sensibilidades) Es en ellas donde descubrimos un mensaje indeleble que de otra forma se habría perdido.

Todas sus fotos son en blanco y negro. Según él mismo, no hace falta añadir color al dramatismo del que es testigo. Casi lo matan en el Congo, país en el que se hizo pasar por mercenario, ya que estaba prohibida la entrada a fotógrafos y periodistas. Esas fotos de unos prisioneros, justo antes de ser ejecutados en plena calle por las fuerzas gubernamentales, causan una gran conmoción en su país de origen, donde muchos ciudadanos se preguntan a quién están apoyando en realidad.

En otra ocasión, cuando es herido y lo tiran literalmente dentro de la caja de un camión, junto con muchos otros heridos, sigue haciéndoles fotos. Lo toma como una lección, como un acercamiento al dolor que sufren los protagonistas de sus reportajes. Me recuerda a un proverbio chino que dice que ningún médico es bueno hasta haber estado enfermo.

En África descubre que además de la guerra está el hambre – fotos que, salvo una, no quiero poner aquí. Si alguien está interesado puede encontrarlas con facilidad en Internet – y el cólera. Se ve impotente. Una vez más se pregunta qué puede hacer él. Reconoce que es incapaz de mirar a los ojos de esas personas y utiliza la cámara como un escudo protector. No es un paparazzi delante de un coche accidentado, es un hombre que se enfrenta solo a un problema mundial. Yo creo que la situación es diferente.


Mujercon su hijo, víctimas del hambre .

Don nos habla de la dignidad de esta madre y se avergüenza de su estómago lleno. Pero no se trata de una mujer ni de dos. Es algo que supera su capacidad. ¿En qué piensa la mujer de la foto?


Una mujer ha muerto de cólera. Su familia la llora.

Finalmente, después de treinta años, consigue el impacto mediático que estuvo buscando desde el principio. Por primera vez, siente que sus fotos de enfermos con SIDA, tienen un efecto en el reconocimiento de la enfermedad como un gran problema que debe ser solucionado.

Es al final de su carrera, cuando harto de guerra, hambre y enfermedades, se retira a Somerset (Inglaterra) y nos regala paisajes de una oscuridad amedrentadora. Fotos de atardeceres, fotos nocturnas, que van irremisiblemente ligadas a un carácter forjado por la miseria humana.


domingo, 13 de enero de 2008

Garoe



Tengo la sensación de que la isla de El Hierro, tan pequeña ella, me persigue con un afán de protagonismo inusitado, que la hace aparecer en una entrada tras otra. No había previsto contaros la leyenda del Garoe porque tengo otra entrada en marcha más ambiciosa y que incluye también a esta isla, pero Leodegundia (no se la pierdan) me la ha recordado, así que aquí la tenéis. Se trata de una leyenda que se remonta a los tiempos de la conquista castellana, al siglo XV.




El Garoe era un árbol santo para los aborígenes de El Hierro, los bimbaches. Un til de gran tamaño, perteneciente a la familia de las lauráceas, que estaba situado en el centro de la isla a considerable altura, sobre una peña y al final de una cañada que ascendía desde el mar.

Por esa misma cañada subían los vientos alisios, transportando el agua evaporada en forma de nubes o de niebla. Agua dulce que destilaba por las hojas del árbol hasta unos depósitos excavados en la roca, permitiendo la supervivencia de los antiguos pobladores de la isla.




Cuando llegaron los castellanos, el emplazamiento del árbol se mantuvo oculto con la esperanza de que al no encontrar agua acabarían marchándose. No obstante, una muchacha, se dice que la propia hija del rey, se enamoró de uno de los atacantes y, para evitar que se fuera, le reveló el secreto. La mujer pagó su osadía con la muerte, pero los conquistadores se quedaron.

La primera referencia digna de crédito sobre la existencia del árbol es de Fray Juan de Abreu Galindo, un franciscano de origen andaluz, que lo recoge en su obra Historia de la conquista de las siete Islas Canarias (1602). No se ha encontrado la obra original y sólo disponemos de copias. Los historiadores aún discuten sobre su autoría.


“Este lugar y término donde está este árbol se llama Tigulahe, el cual es una cañada que va por un valle arriba desde la mar a dar a un frontón de un risco donde está nacido en el mismo risco el Árbol Santo que dicen llamarse en su lengua garoe, el cual por tantos años se ha conservado sano, entero y fresco, cuyas hojas distilan tanta y tan continua agua que da de beber a la isla toda. [...] y no se sabe qué especie de árbol sea, más de que quieren decir que es til. Está solo, sin que de su especie haya otro árbol allí. [...] la manera que tiene en el distilar el agua este Árbol Santo o garoe es que todos los días por la mañana se levanta una nube o niebla del mar cerca de este valle, la que va subiendo con el viento Sur o Levante de la marina por la cañada hasta dar con el frontón, y como halla allí este árbol espeso de muchas hojas, asiéntase en él la nube o niebla y recógela en sí y vase deshaciendo y distilando por las hojas todo el día, como suele hacer cualquier árbol después de pasado el aguacero queda distilando el agua que recogió.”




Un huracán derribó el árbol en 1610 (1604 según las fuentes) y en la actualidad encontramos un laurel que fue plantado en 1957. Aún existen las charcas naturales o albercas donde se sigue recogiendo el agua de lluvia.











jueves, 10 de enero de 2008

En un pueblo de Marruecos

Esta historia me la contaron hace ya algún tiempo, por lo que no recuerdo todos los detalles con exactitud. No obstante, lo importante no es tanto cómo está escrita, sino la anécdota en sí.

Un pueblo de Marruecos, en los años ochenta, y tened en cuenta que este país ha cambiado mucho en los últimos años. Nuestro protagonista es un español que viaja por negocios. Es su primera visita, no tiene experiencia, y habla muy poco francés. Está solo, en un país extranjero que no conoce.

Anochece, y las calles del pueblo, antes rebosantes de vida, se quedan vacías. Él se refugia en la habitación de su hotel, un lugar bastante desagradable pero que tiene buenas vistas a la plaza del pueblo.

Las pareces están desconchadas, con humedades aquí y allá, de un color ligeramente verdoso. Ha mirado con temor entre las sábanas y por lo menos no hay chinches. El suelo parece recién barrido y brilla con la última luz de la tarde. Junto a la ventana hay una mesa y un par de sillas. El baño está fuera, en mitad del pasillo.

Aburrido, se acerca a la ventana y descubre al otro lado de la plaza un edificio bastante grande que se alza sobre el resto de casuchas del pueblo. Hôtel de Ville. Se lee con dificultad porque ya casi no hay luz, pero sí, es eso lo que pone. Nuestro hombre lamenta no haberse fijado antes, cuando bajó precipitadamente del taxi. Sin duda fueron los nervios del primer viaje de trabajo. Ahora entiende las prisas del recepcionista por darle una habitación.

El edificio de enfrente tiene buena pinta, nada que ver con ese hotel cochambroso en el que está alojado. Incluso hay alguien que pasea junto a la puerta. Lo piensa un momento y se decide a hacer la maleta. Baja a recepción, y en su torpe francés pide la cuenta, sin entender lo que le dicen desde el otro lado del mostrador. La cuenta, insiste; no piensa quedarse ni un minuto más.

La plaza está oscura y se ha levantado un poco de viento. Cruza hasta la pequeña escalinata mientras el otro hombre le observa desde arriba con cara de extrañeza. Sube los escalones y se da cuenta de que el edificio parece estar cerrado. Es entonces cuando descubre que Hôtel de Ville no significa hotel de la ciudad, como había creído, sino ayuntamiento. Tampoco es un portero el hombre que le hace señas para que se marche, sino un soldado.
Apesadumbrado y cabizbajo, coge la maleta y vuelve a su hotel, el único que hay en el pueblo. Sólo espera que la habitación que acaba de dejar siga libre.