Poneos
cómodos, que vienen muchas fotos. Ese domingo, como todos, Zug amaneció de lo más
tranquilo, con calles vacías, lo que es habitual, pero con un cielo limpio de
nubes que ya no es tan común. Los árboles estrenaban hojas nuevas y yo me eché
a la calle.
La
semana anterior había descubierto un campo de cerezos en la ladera del
Zugerberg y ese era mi destino, pero en lugar de atacarlo de frente, decidí
acercarme con sigilo, paseando por calles desconocidas. Aquí no hay crisis,
sino burbuja inmobiliaria; hay grúas por todas partes.
Es el
paisaje de siempre, con el lago al fondo, pero desde una nueva perspectiva.
También me acerqué a esta torre, junto a la que no había pasado a pasar de
llevar aquí casi cuatro años.
De una
torre a otra, paseando por la ciudad vieja, parándome aquí y allá para hacer
fotos de flores, fachadas y bañeras.
Dejo
atrás algunos edificios notables y sigo ascendiendo hasta encontrar estos
cerezos. Creo que aún les faltan unos días, pero aun así el paisaje es una
maravilla.
Os aseguro que días como este hay pocos.
Paso
junto a una de las estaciones que conducen a la ermita, pero sigo ascendiendo
por una pendiente pronunciada, ganando altura.
Me
encuentro con un toro metálico, hecho con chatarra y me siento a descansar con
este paisaje ante mis ojos.
Entonces,
sin prisas, inicio el descenso. Atravieso el cementerio, tan limpio y cuidado
como siempre, pero lleno de flores.
Y
alcanzo el otro campo de cerezos, el que os enseñé hace unos días. Cómo no
pararme, aunque tenga las fotos repetidas de un año a otro.
En una semana se han cargado bien de flores.
Junto a la tercera torre del día hay más, de todos los colores.
Ya casi en el lago no podían faltar los coches clásicos. Los sacan a pasear
en esta época del año.
