Ya sabéis que Londres es una de mis ciudades favoritas, si no la que más, y
que suelo acercarme por allí al menos una vez al año para seguir descubriendo
sus rincones. Pues bien, el pasado enero, aprovechando que la diferencia
horaria con Suiza juega a mi favor, tomé un vuelo al céntrico aeropuerto de
London City, y con la mochila a cuestas, encaminé mis pasos hacia Hampstead,
con la intención de ver una casa modernista que hay en 2, Willow Road.
Apenas amanecido, el avión maniobra sobre The Shard
para tomar tierra. Me gusta ver el estuario del Támesis desde el avión con la
primera luz de la mañana; siempre imagino a Marlow en el comienzo de El corazón
de las tinieblas. Esa misma noche me acercaría por el emblemático edificio para
tomar un gin tonic y admirar las vistas nocturnas de la ciudad.
Pero
no adelantemos acontecimientos, de momento estoy en el parque, porque con un
día como este, sin una nube en el cielo, cualquiera se resiste a dar un paseo
antes de ver un museo. Tampoco os pillará por sorpresa mi afición a los
árboles.
Con
una máxima de 2 grados, los estanques estaban congelados y las aves practicaban
patinaje sobre hielo. Parecían más resignadas que sorprendidas.
Caminos
llenos de barro y árboles sin hojas. Gente que pasea tranquila, disfrutando de
un sol normalmente esquivo en esta ciudad.
Luz bien
baja y suave, a pesar de ser mediodía. El cielo sin una nube mientras camino
entre robles centenarios, muchos ya vencidos, otros aún en pie, hasta llegar a
otro estanque también congelado.
El
parque está lleno de senderos y camino un poco al azar. Aunque tengo un
objetivo en mente, me desvío a propósito para explorar otros rincones,
consciente de que no hay prisa.
En los
lugares más sombríos la escarcha lo invade todo y hasta el barro se congela.
Kenwood
House, un palacio del que os hablaré dentro de unos días, asoma entre los
árboles. Este era el objetivo.
De
momento pasamos de largo y a cambio os muestro el parque a la caída de la
tarde.
Dentro
de unos días vemos el palacio por dentro.










