Casi once años desde mi primera visita a Lugano, aprovechamos la pasada
Semana Santa para acercarnos a pasar el día en esta bella ciudad del sur de
Suiza. En Zug auguraban lluvia, mientras que allí pronosticaban un tiempo espléndido. Además,
por si quedaban dudas, ahora,
con el nuevo túnel se tarda menos de dos horas en llegar.
La estación está en un alto desde el que podemos ver
buena parte de la ciudad y del lago, así como el conocido monte Bré.
Decidimos
bajar caminando, y ver la catedral de San Lorenzo, aunque solo por fuera, ya
que está en restauración. Un cartel avisa de que abrirán en algún momento del
2017, sin especificar cuándo. Se nota que hemos abandonado la estricta y
precisa zona alemana para entrar en la italiana…
Seguimos
bajando y llegamos a la Piazza Riforma, donde encontramos la oficina de
información y turismo.
Nos
recomiendan acercarnos a la iglesia Santa Maria degli Angioli, cosa que hacemos
bordeando el lago. Su fachada es bastante simple, pero en el interior podemos
admirar un enorme fresco que representa la Pasión y la Crucifixión de Cristo,
con un total de 150 personajes. Su autor, un artista italiano llamado
Bernardino Luini (1480 – 1532) fue discípulo de Leonardo.
No dejaban hacer fotos, lo que me fastidia, aunque lo acepto, pero es que tampoco
tenían información, ni en inglés ni en español. Esto, unido al fiasco de la
catedral empezó a molestarme. Debe ser que estoy acostumbrado a la eficacia
germana y he perdido mis raíces mediterráneas.
En la Red he encontrado esta página en la que hay buenas imágenes.
Regresamos entonces hacia el centro caminando por el
paseo que hay junto al lago. Había mucha gente, pero como es amplio, y sobre
todo, largo, se puede andar sin encontrar demasiados obstáculos, y el día
invitaba a ello.
Estuvimos
considerando tomar uno de los barcos que recorren el lago, pero era un poco
tarde y al final nos inclinamos por visitar el Parco Civico, que estaba plagado
de flores. Allí me entretuve un buen rato tirando fotos como un poseso.
El parque
es precioso, las flores estaban en su mejor momento y solo me sobraba algo de
gente, en especial los que no respetan los carteles que piden que no se pise el
césped.
Los tulipanes, tomados a contraluz, destacaban sobre el cielo azul.
Seguimos
el recorrido hasta llegar hasta una improvisada playa.
Desde
allí caminamos hasta la falda del monte Bré para tomar el funicular. Van
llegando nubes, pero no nos resistimos a dejar pasar la oportunidad de ver la
ciudad y el lago desde lo alto. Las vistas son magníficas.
Lo malo fue a la vuelta, ya que el funicular solo funciona dos veces por
hora, algo inconcebible considerando la cantidad de turistas que esperábamos
para usarlo. Después de una larga espera que se me hizo eterna, logramos bajar
y un autobús nos llevó hasta la estación.
El monte Bré se une entonces a esa lista que guardo de
sitios en los que ya estuve y a los que, a Dios gracias, no tengo que volver.
Me gustaría conocer más de la parte italiana de Suiza, pero experiencias como
la de Lugano la verdad es que desaniman un poco. En fin, vamos a quedarnos con
lo bueno, que también hubo mucho, y olvidar lo malo. El día fue espectacular y
no quiero que os quedéis únicamente con unas críticas que hago de forma constructiva.



























