Lucerna
nos recibió con un día triste y gris, aunque solo en apariencia, ya que
enseguida descubrimos su lado más colorido y alegre con el carnaval.
Es una de
las cosas que me sorprendieron al llegar a Suiza: la pasión con la que viven esta
fiesta. No aparecen en las televisiones de otros países, pero aquí se lo toman
muy en serio y hay quien se pide días de vacaciones para poder disfrutarlos a
conciencia.
Son todo
un acontecimiento, y aunque hay disfraces muy simples, la mayoría son muy
elaborados, y por lo general, la gente se maquilla con esmero. Como aún hace
frío, muchos atuendos están pensados para que abriguen; otros en cambio,
parecen encontrarse en un lugar tropical de temperaturas más altas. Nosotros
hicimos frente al frío que subía desde los adoquines como pudimos, ya que estamos
junto al lago de los Cuatro Cantones y la humedad es muy alta.
También
es común llevar a los niños, algunos de los cuales mostraban el cansancio
acumulado después de tantas horas en danza. Hay todo tipo de ideas originales,
desde casas sobre ruedas hasta cubos de basura, en los que los pequeños son
transportados cómodamente por sus padres.
Los niños
arrojan, entre risas, confeti a los adultos, y cuando se les acaba la munición,
recargan con la que encuentran en el suelo. Por una vez, hay papeles en las
calles suizas sin que nadie se moleste.
La gente
se divierte sin armar demasiado escándalo, excepción hecha de las orquestas que
desfilan por las calles. Tampoco hay empujones y todo es alegría. Los más
atrevidos hasta se permiten alguna broma.
Por lo
general están encantados de posar para las fotos. De hecho, muchos de los que muestro
aquí dieron su consentimiento, aunque otros estaban demasiado lejos y los saqué
con el tele. Si alguno no desea ver su imagen publicada en un blog, que me lo
diga y la borro inmediatamente.
Por unos
días, la tranquila Suiza se rinde a las numerosas bandas musicales
improvisadas, los Guggenmusigen, que tocan en las calles, aunque más que música
se trata de un ruido algo estridente. Los puestos de bebidas y de comida rápida
se multiplican, porque comer sentados es hoy algo secundario, lo importante es
seguir de fiesta sin perder detalle.
La mañana
avanza sin que nos demos cuenta, y, como somos varios los que recorremos las
mismas calles, terminamos por encontrarnos en una u otra. La fiesta se
concentra en el centro histórico, junto al río, y, aunque poco o nada tiene que
ver con otras más populares, me quedo con toda esa gente que sabe disfrutar y
pasarlo bien, que hace frente al frío, y que lleva siempre puesta una sonrisa.
Pronto
llega la hora de comer y tenemos suerte: encontramos una mesa en mi cervecería
favorita y reponemos fuerzas con un cordon bleu. En teoría, el carnaval dura
desde el jueves hasta el martes, cuando se suceden los principales desfiles,
pero, tal y como ocurre en otros lugares, es habitual seguir viendo gente
disfrazada más allá del Miércoles de Ceniza.


