En cuestión de viajes, prefiero organizarme por mi cuenta, viajar solo, o con muy poca gente; sin hoteles reservados ni compromisos que me aten. Suelo llevar un plan, lo suficientemente flexible como para sortear imprevistos, pero que no me haga perder el tiempo. Así pues, los viajes organizados no son lo mío.
No obstante, decidir con menos de una semana de margen dónde te vas, y marchar a Egipto, requería un pequeño sacrificio de adaptación por mi parte. Todo salió a pedir de boca, la organización fue perfecta, y me lo pasé estupendamente. Seguro que repito con otros destinos.
Poco podrán aportar mis comentarios a aquellos de vosotros que ya conozcáis el país, porque hice uno de los tours más típicos, al que añadí algunas excursiones, pero confío en que mi visión de Egipto y mis fotos os gusten. Para los que aún no hayáis estado, bueno, espero que sirva para animaros a hacer las maletas y que mi propia experiencia pueda ayudaros.
Todo esto lo podréis encontrar en mi otro blog a partir de la semana próxima, en sucesivas entregas, porque he decidido que nos quedaremos por allí durante una temporada. Ya está bien de ir saltando de un sitio a otro.
Entre tanto (porque me vuelvo a marchar este fin de semana) os dejo con un aperitivo.

No, no monté en globo, pero sí madrugué lo suficiente como para verlos al amanecer.
La única de las siete maravillas originales que aún queda en pie.

Un país en el que los dioses desempeñaron un papel fundamental a lo largo de milenios.

Con templos por doquier. Monumentos grandiosos que impresionan por su tamaño y por su antigüedad.


Un país en el que el desierto, que casi todo lo traga ...

... conoció por fin sus límites.

Con un majestuoso río que te transporta a otro tiempo.

Su tranquilidad contrasta con el tráfico y el bullicio de las ciudades.


LLenas de lugares interesantes para ver

y para degustar con calma.