Tenía prevista esta entrada desde hace tiempo, solo que he vuelto a escribirla de arriba a abajo. En lugar de un vídeo de un F15, un avión militar norteamericano, volando con un ala rota, os voy a contar lo que me sucedió la semana pasada en el avión desde Lisboa a Madrid.
Se sentó a mi lado una señora portuguesa que no sabía abrocharse el cinturón, lo cual ya es raro en estos días. La ayudé y me dispuse a dormir, que es lo que hago siempre.
El caso es que me dice que era la primera vez que se subía a un avión, y me preguntó si era peligroso. Le dije que no, que yo había volado muchas veces y que era el medio de transporte más seguro que había.
- ¿Y qué velocidad alcanza al despegar?
- Unos 300km/h
- ¿Y arriba?
- Unos 900
- ¿Y se inclina mucho?
- Un poco, pero no se nota nada.
Todo esto, ella en portugués y yo en español.
Fue uno de los despegues más suaves que he tenido en mi vida y ella pareció tranquilizarse. Me contó que desde Madrid volaba luego a Venecia y parecía que lo peor había pasado.
Pero entonces apareció el miedo más irracional. El peor de todos, porque no hay argumentos que puedan vencerlo. La pobre mujer estuvo vomitando todo el vuelo y después de haber aterrizado y de haber llegado al finger fue incapaz de moverse del asiento.
Esta semana, llegando a Londres, me acordé de ella, porque atravesamos la estela de otro avión y el nuestro se movió bruscamente de lado. No fue el típico bache, y más de uno debió santiguarse apurado. El comandante se apresuró a explicarnos lo sucedido, pero creo que a ella le habría dado un infarto.
Hace poco leí en un artículo sobre esos cursos para perder el miedo a volar, que los aviones pueden despegar perfectamente con un motor averiado porque van más que sobrados. Con tantos medios como hay ahora es una lástima que no se explique mejor cómo lo hacen. Yo he visto un par de documentales interesantes, me gusta volar y nunca pienso que se vaya a caer, pero hay mucha gente que lo pasa mal. Seguro que esta señora tuvo que cancelar sus vacaciones en Venecia.
