Con el cambio de hora los días se hacen más y más largos,
lo que me permite caminar por la orilla del lago antes de que anochezca. No
suelo llevar más cámara que la del móvil, suficiente en cualquier caso para
inmortalizar estos paseos.
Los
últimos rayos del sol iluminan las faldas del Zugerberg.
Y asisto a las primeras puestas de sol en días
laborables.
Unos días más tarde, a la misma hora, tenemos un poco más de luz.
Uno de mis bancos favoritos; bajo estos árboles he
leído muchos libros, con el monte Pilatus en el horizonte.
El lago siempre es el mismo, pero cada día me parece diferente.
Para cuando llega la hora violeta ya hace bastante
fresco y hay que volver a casa.
Otra tarde, un viernes, nos acercamos al lago para
tomar unas cervezas, aprovechando la buena temperatura que hay a pesar de las
nubes.
El sábado, ya en abril, los cerezos han florecido,
aunque aún les queda una semana por lo menos para llegar a la plenitud.
Subo a verlos con una amiga y nos hinchamos a hacer
fotos.
No es infrecuente que los suizos saquen a pasear sus
coches clásicos. Los hay más bonitos que estos, ya os los mostraré otro día.
Con tanto ajetreo no me extraña que me falten horas
cada día.
