Segundo sábado de marzo, soleado a más no poder por mucho que la
temperatura no fuese alta. Se daban las condiciones perfectas para una
excursión más a uno de esos pueblos bonitos que hay en Suiza, en este caso en
la región francoparlante del Jura.
La estación de tren está fuera del pueblo, a un cuarto
de hora caminando, y aunque se puede ir en autobús, decidí usar mis piernas y
motorizarme a la vuelta, que era cuesta arriba.
Tras
un corto y agradable paseo, llegué a la Porte St-Pierre, por donde accedí al
centro histórico, formado por poco más que un par de calles y plazas. La
mayoría de los edificios datan de los siglos XIV al XVI, y están muy bien
conservados.
Sin
embargo, la gran atracción turística es la impresionante iglesia colegiata,
erigida entre los siglos XII y XIV.
Curiosamente,
la portada lateral es más interesante que la principal, que está desprovista de
decoración.
Entro,
y paso a un pequeño claustro en el que reina la más absoluta tranquilidad.
Otra vez dentro, me detengo en el coro, las capillas laterales y los
frescos de muros y bóvedas.
En la ladera de la montaña, al norte de la población están los restos de un
castillo, construido en el siglo XIV, ampliado en varias ocasiones y demolido
tras la Revolución Francesa. También encontramos, al final de 190 escalones,
una ermita, ya que según la leyenda, el monje irlandés san Ursicino, discípulo
de san Columbano, vivió aquí como ermitaño, fundando el pueblo al que da
nombre.
Llegó la hora de almorzar y no me quedó más remedio
que desempolvar las pocas frases que conozco en francés, lo suficiente para
pedir una tarte flambée y una cerveza, disfrutando ambas en una terraza soleada
junto al río Doubs. Por lo visto, aquí tienen fama las truchas, pero con lo que
me gusta a mí la flammkuchen cualquiera se resiste.
Eso sí, antes había cruzado el puente, de cuatro
arcos, construido en 1728, para ver el pueblo desde la otra orilla.
Los
edificios están llenos de pequeños detalles en los que fijarse.
Los
años impares se celebra una fiesta medieval en el mes de julio que atrae a
varios centenares de personas. Me lo he apuntado en la agenda, a ver si tengo
ocasión de ir, pero en cualquier caso he de volver para visitar una cueva que
al parecer es bonita. Imagino que cuando los árboles tengan hojas también será
aún más agradable.












