viernes, 4 de septiembre de 2026

Pompeya. Una (no tan breve) historia

En la primavera de 2013 planeé un viaje a Pompeya que por razones laborales tuvo que ser pospuesto, y no ha sido hasta ahora, verano de 2026 cuando he podido saldar la deuda. Semanas antes de subir al avión había devorado el fascinante libro de Mary Beard en una muy cuidada edición de Crítica. Altamente recomendable.




Llevaba ya unos días visitando Nápoles cuando nos subimos al tren, que iba atestado como un vagón de metro en hora punta. Media horita de pie para empezar el día; no creáis que las autoridades locales van a pensar en el bienestar de los turistas. Que paguen y que se aguanten.




El precio, no obstante, merece la pena, porque caminar por calles que estuvieron cubiertas de ceniza durante siglos y que nos retrotraen a un par de milenios atrás, es una bonita experiencia. La historia que resumo la podéis ampliar en esta página que os recomiendo.






La ciudad surgió en una llanura muy fértil junto al río Sarno y al golfo de Nápoles, que facilitaba el comercio por mar. Sus primeros habitantes estables fueron los oscanos, uno de los numerosos pueblos itálicos y no fue hasta el siglo VI a.C. cuando Pompeya entró en contacto con griegos y etruscos.






Un par de siglos más tarde es cuando asistimos a la fundación de Neápolis, la actual Nápoles, momento en el que llega otro pueblo itálico, los samnitas, que dieron a la ciudad un aspecto más sólido, construyendo o reforzando las murallas e iniciando obras públicas de cierta importancia.





Pompeya, sin ser una gran metrópoli, era un importante centro comercial, gracias a una red de rutas terrestres y fluviales que se extendía incluso hasta el interior de Campania.






Aliada de Roma hasta el siglo I a.C., Pompeya mantuvo cierto grado de autonomía política y cultural. Sin embargo, las relaciones con la Urbe sufrieron un brusco cambio durante la Guerra Social (91-88 a.C.) Tras la derrota, Pompeya fue finalmente anexionada y transformada en Colonia Cornelia Veneria Pompeianorum (80 a.C.). Desde el punto de vista lingüístico, el latín empezó a suplantar al osco como lengua oficial mientras los modelos romanos iban haciéndose cada vez más evidentes.






La imagen que hoy tenemos del Vesubio es muy diferente a la de aquella época, cuando en lugar de un cono coronado por un cráter, se podía apreciar un macizo montañoso con una cima más redondeada. Era conocido como Monte Somma y los habitantes cercanos no eran conscientes del peligro porque había permanecido inactivo durante siglos.






Si bien se habían sentido varios terremotos en las décadas anteriores a la famosa erupción (el más conocido fue el del año 62), nada parecía avisar del desastre. Según la mayoría de las fuentes (incluido Plinio el Joven), la erupción comenzó el 24 de agosto del año 79 d.C., pero estudios recientes han pospuesto la fecha a octubre.






En una primera fase, una columna de decenas de kilómetros de altura, compuesta de ceniza y gas a muy altas temperaturas, se elevó por encima del volcán. Las corrientes atmosféricas empujaron el lapilli hacia Pompeya, sepultándola bajo metros de piedras pómez.








Tras varias horas, la columna eruptiva comenzó a colapsar, generando flujos piroclásticos, nubes abrasadoras de gas y ceniza que se desplazaban a velocidades impresionantes (hasta 100 km/h). Estas oleadas arrasaron Pompeya y sus alrededores, matando a todos los que quedaban en la ciudad y provocando una muerte instantánea por choque térmico.

En un día y medio, Pompeya desapareció bajo un manto de ceniza y lapilli de 5 a 6 metros de espesor. Algunas zonas recibieron depósitos aún mayores, mientras que Herculano fue engullida por un flujo piroclástico que selló casas y objetos en una capa de lodo volcánico.







La destrucción fue tal que durante siglos la ciudad cayó en el más completo olvido sin que pudiéramos imaginar que bajo esa capa de ceniza estaban enterradas casas enteras, calles, templos y teatros. No fue hasta el siglo XVI cuando la apertura de un canal para desviar el río Sarno sacó a la luz algunos restos de muros y artefactos que los trabajadores no podían explicar. No obstante, creyendo que los hallazgos eran esporádicos, no se realizó ninguna excavación.




El verdadero redescubrimiento de Pompeya está ligado a la época borbónica. Cuando Carlos de Borbón se convirtió en rey de Nápoles (1734), se desarrolló una pasión por la antigüedad que dio lugar a investigaciones más sistemáticas. El objetivo inicial, en realidad, no era tanto arqueológico como encontrar tesoros de arte para enriquecer las colecciones reales, de modo que esta moda de las colecciones privadas de hallazgos arqueológicos, impulsó a nobles y viajeros adinerados a “patrocinar” excavaciones.





Marco Maroccolo, un italiano apasionado de la historia, los viajes de ficción y la fotografía, nos cuenta infinidad de cosas más en la página que mencioné al principio de esta entrada y cuyo enlace repito aquí. Os animo a leerla y a seguir aprendiendo.