Tengo un amigo que, entre otras cosas, es un fanático de los coches, de
forma que cuando nos enteramos de que había un museo de Rolls Royce en Austria,
muy cerca de la frontera suiza, no tuvimos que pensárnoslo demasiado para organizar
una excursión.
Era finales de abril y unos días antes habíamos tenido una nevada de las
grandes, de forma que el paisaje estaba precioso, con los montes nevados
mientras en el cielo lucía un sol espléndido. Otra amiga se ofreció a hacernos
de chófer y los tres nos embarcamos en un día memorable.
El Museo Franz Vonier se autodenomina como la mayor colección de Rolls
Royce del mundo, aunque en realidad lo consideran todo, piezas y motos, por
ejemplo, además de los coches, por lo que en realidad no es tan grande.
Está en la ciudad de Dornbirn, en una antigua fábrica
textil.
Franz
Vonier era el hijo de un granjero que organizaba cacerías para personas
acaudaladas, que llegaban con sus coches caros y rápidos. Después de viajar por
varios lugares en Europa, decidió establecerse en 1969 junto a su esposa Hilda
y abrir un taller en el que reparar y restaurar piezas, que le permitió
convertirse en todo un experto en este tipo de automóviles. De esta forma, fue
rescatando los que quedaban inutilizados o eran abandonados.
En la
planta baja encontramos varios coches expuestos y el taller donde se restauran.
La primera
planta acoge aún más vehículos, con algo más de luz, pero los coches siguen
estando demasiado apelotonados y no se dejan ver muy bien. La información es
escasa, en ocasiones inexistente y sólo uno de los empleados chapurrea algo,
muy poco, de inglés.
La segunda y última planta está acondicionada para organizar eventos.
Encontramos aquí algunas vitrinas con diversas piezas y una tienda, pero se
echa de menos un buen libro que cuente la historia del lugar y la de los
propios coches.
Muy cerca del museo está la Rappenlochschucht, un
destino muy popular para caminar por una preciosa garganta. Al terminar la
visita al museo, nos acercamos a este pequeño restaurante para disfrutar del sol
en su terraza. Almorzamos un Wiennerschnitzel con una buena cerveza y, para
hacer la digestión, nos dimos una vuelta por la garganta, donde había humedad y
hacía frío.
Apenas
había gente a esa hora del día.
Ya de regreso, nos dimos una vuelta por el centro de Dornbirn.
Así
como un paseo por la calle principal de Vaduz, en Liechtenstein.
Es lo
bueno de estar en el centro de Europa, que siempre tienes algún plan al que
echar mano.





















