Woody Allen regresa a su amado Nueva York, pero su
talento sigue en paradero desconocido, quizás ya para siempre. He visto todos
sus largos como director y ya sabéis que le traigo por aquí con bastante
asiduidad.
Había leído críticas de tres tipos: las que insultan
al personaje, las que lo elevan a los altares y las que juzgan la película, que
al final eran las menos, así que era consciente de dónde me metía al entrar en
ese cine madrileño en una tarde de lluvia, remedando la cinta.
Parecía que después de su – en mi opinión – desastrosa andadura por Europa, Woody levantaba cabeza con Wonder Wheel (2017) Café
Society (2016) e Irrational Man (2015), todas ellas estelarmente alejadas de su
mejor época.
Pero no. Yo, que juzgo su cine en función de lo que me
emociona, sin fijarme en unas circunstancias exógenas que desconozco, he de
decir que me aburrí soberanamente con ese deambular de los dos protagonistas
por unas calles maltratadas por la lluvia.
De la ciudad se ve poco, y el argumento no me
interesa, pero es que las frases ingeniosas – marca del autor – fluctúan entre
lo pretencioso y lo inane, pronunciadas por unos actores que, sin estar mal, no
me llenan.
Echo de menos a Diane Keaton, Mia Farrow, Alan Alda, Alec
Baldwin, Anjelica Huston, John Cusack, etcétera, pero añoro especialmente esas
cenas, esas reuniones en las casas, esas habitaciones de hotel en las que se
discutía de lo divino y de lo humano, del sexo y del amor, de la honestidad y la
infidelidad, de los asesinatos, de las pasiones humanas, en definitiva.
Día de lluvia en Nueva York (2019) quiere replicar
algo de lo anterior sin conseguirlo, pero lo que no le perdono es que mueva
tanto la cámara cuando lo que más me gustaba de sus películas era la sensación
de estar presente; en el salón, en el restaurante o en el hotel; paseando
incluso con unos personajes que entraban y salían de un encuadre fijo. En las
mejores películas de Woody Allen uno formaba parte de la escena, y como
espectador nos olvidábamos de la pantalla que nos separaba.
El declive comenzó con Scoop (2006), acentuado después
con Vicky Cristina Barcelona (2008) un spot turístico muy caro pero vacío de
contenido al que seguirían, salvando de la quema a Si la cosa funciona (2009) y
a la ya mencionada Wonder Wheel (2017) muchas cintas bastante malas. Ha sido
una larga travesía por el desierto que se prolonga más de una década.
Para empeorar las cosas, esa misma fotografía que me sorprendió en Café Society (2016) solo ha conseguido ahora irritarme por
considerarla completamente fuera de lugar. Y si hay algo que me molesta en una
película son los fallos de continuidad. Esa escena en el que el pelo de Selena
Gómez aparece peinado y despeinado alternativamente según el plano consiguió
sacarme de mis casillas.
Leo críticas de otros fans de Allen que, como yo, le
dan una oportunidad cada año, esperando volver a los buenos tiempos y todos
parecemos coincidir en cierto hartazgo. No, Woody no va a volver y más vale que
nos hagamos a la idea.
Y todo esto considerando que una mala película de Woody
es mejor que la mayoría de lo que se exhibe hoy día en las salas, lo que dice
mucho de gran parte del cine actual.
Os dejo, me voy a poner alguna de esas películas que
me encantan y por las que le estaré siempre agradecido, que son multitud: Annie
Hall (1977), Manhattan (1979), La rosa púrpura de El Cairo (1985), Hannah y sus
hermanas (1986), Otra mujer (1988), Delitos y faltas (1989), Alice (1991), Misterioso
asesinato en Manhattan (1993), Balas sobre Broadway (1994), Granujas de medio
pelo (2000), Un final made in Hollywood (2002), Todo lo demás (2003), Match
Point (2005), Si la cosa funciona (2009), y Wonder Wheel (2017).
No es poco bagaje. Para finalizar, la película no es
tan mala como esta crítica pueda dar a entender. Lo que pasa es que un puñado
de nosotros siempre esperamos más de él y nos sentimos frustrados cuando
descubrimos que no es el mismo que tanto nos cautivó en el pasado.








