En una de mis
visitas a Estocolmo, hace tres años, pude sacar algo de tiempo para ver este
estupendo museo que os traigo hoy. Me habría gustado visitarlo con más calma,
pero no pudo ser porque fue durante un viaje de trabajo. De todas formas, tengo
que buscar un fin de semana largo para volver.
El
Vasa fue un buque de guerra de la armada sueca que se hundió en el mismo puerto
de Estocolmo el 10 de agosto de 1628. No es que navegara mucho; nada más
zarpar, un golpe de viento hizo que escorase, y aunque volvió a enderezarse,
pocos metros más adelante volvió a escorar. El agua entró rápidamente por las
troneras, y el barco, con su velamen desplegado cayó a plomo hasta una
profundidad ligeramente superior a los 30 metros.
Se estima que
cincuenta personas se ahogaron en el accidente, aunque sólo se han recuperado
veintisiete esqueletos.
Después
de muchos interrogatorios al capitán, al resto de la tripulación y a los
constructores, no se llegó a culpar a nadie. Estos barcos tan altos eran de por
sí inestables, y el Vasa, construido con más de mil robles, llevaba además
sesenta y cuatro cañones pesados, más de lo habitual. Así pues, el buque sueco
más adornado de la época se fue a pique con todas sus tallas, dorados y pinturas.
Suecia, que perdió quince de sus mayores barcos de
guerra en apenas cuatro años, los utilizaba para controlar el mar Báltico.
Parece ser que la ausencia en estas aguas de un molusco que ataca la madera es
la que ha permitido que el barco se conservara tan bien.
Ya en el mismo siglo XVII se intentó rescatar los
valiosos (y pesados) cañones, pero todos los intentos fracasaron. Los buzos
bajaban dentro de una campana, pero tenían que soportar las frías aguas, y los
cañones pesaban más de una tonelada. También se intentó izar el barco a base de
anclas.
En el siglo XX, el
ingeniero Anders Frauzén, un experto sueco en las guerras navales de su país,
encontró el buque. Se necesitaron dos años para crear túneles bajo el casco a
base de bombear chorros de agua. Y otros dos años para rellenar con tacos de
madera los miles de agujeros que habían quedado después de que los clavos se
hubieran oxidado.
El Vasa
fue llevado entonces a aguas menos profundas, donde fue calafateado con el
objeto de preservarlo. El 14 de abril de 1961, 333 años después de su
hundimiento, el barco volvía a la superficie y en los primeros días de mayo era
capaz de flotar por sí mismo. Casi cuarenta grandes anclas, procedentes de los
intentos anteriores de rescate, estaban adheridas al casco.
En la excavación
arqueológica que se llevó a cabo en los meses siguientes se encontraron y
catalogaron 14.000 objetos. A día de hoy, las labores de conservación siguen su
curso. Hay muy poca luz dentro del museo, y se procura que la temperatura sea
constante.
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Marcho un par de
semanas de vacaciones, a Yosemite, Sequoia y San Francisco, destinos que me
hacen mucha ilusión. Es el mismo viaje que tuvimos que cancelar el año pasado
dos días antes de partir, pero esta vez confío en subirme al avión.
¡Nos
vemos pronto!










