Lo que sigue a esta introducción fue escrito hace más
de un año y se quedó en el limbo, pero la vida te da a menudo segundas
oportunidades. Sin pretenderlo, la última película que he visto en 2019 ha sido
La verdad, de Hirokazu Koreeda, excusa que me permite rescatar aquello que ya
daba por perdido.
Es La verdad una de esas películas que tiene más
trasfondo del que parece, porque en ella se mezclan la realidad y la ficción
hasta el punto de que no sabemos cuándo los personajes son ellos mismos o
cuándo están actuando. Y, como se dice en algún momento, tampoco podemos
fiarnos de una memoria que, a veces, nos engaña.
La familia que nos presenta es bien distinta a la que
protagonizaba el filme de 2018. Se trata ahora de un duelo interpretativo entre
Catherine Deneuve y Juliette Binoche (ni que decir tiene que la segunda de
ellas está mucho mejor) acompañadas por la niña Clémentine Grenier. Las
verdaderas protagonistas de la historia son las mujeres, pero, y ahí está el
mérito, de una forma de lo más natural, lo cual se agradece.
Lo curioso es que (raro en mí) entré en el cine sin
comprobar quién era el director. Al salir pensé que ya tenía entrada para el
blog.
***
Como sabéis, vivo en Suiza, lo que convierte la época
navideña en un reencuentro con familiares y amigos muy esperado. Aprovecho, sin
embargo, para hacer también otras cosas, como por ejemplo ir al cine, algo que
ya os comenté en la entrada de Cold War.
La Navidad suele ser, para la mayoría de las personas,
un momento festivo, y, quizás por ello destacan más los acontecimientos
tristes. Parece que estén fuera de lugar, pero no por ello dejan de existir.
Lo digo porque se me juntaron un par de lecturas muy
deprimentes, ambas relacionadas con mi viaje a Camboya. Sobreviviente es la
historia de Chum Mey, uno de los pocos que
salieron vivos del centro de torturas de Tuol Sleng. La calidad literaria del
libro es nula, y la traducción al español es tan penosa que a veces ni se
entiende lo que quiere decir, pero en este caso, el relato de los
acontecimientos es lo más importante. Supongo que algún día os hablaré de ello
con más detalle, cuando prepare una entrada sobre el S-21, pero es algo que
llevará tiempo. Ya conocéis el ritmo al que publico.
El segundo libro, First They Killed My Father, lo leí
en inglés. Ha sido traducido como Se lo llevaron: recuerdos de una niña de
Camboya y se hizo famoso cuando Angelina Jolie hizo una película del mismo
título, film que aún tengo pendiente, por cierto. En este caso, Loung Ung, otra
superviviente de los campos de trabajo de los jemeres rojos, nos cuenta en
primera persona sus vivencias entre 1975 y 1980. Sus padres y dos de sus
hermanos no llegaron a ver el final de la terrible dictadura.
A estas deprimentes lecturas se unió la película Un
asunto de familia (Japón, 2018) de Hirokazu Koreeda que no os pienso destripar,
por lo que me limitaré a comentar que tiene uno de los finales más duros que he
visto en mi vida. Cierto es que está abierto a diversas interpretaciones, pero
para mí está muy claro.
Sinopsis copiada de Filmaffinity: Osamu y su hijo se
encuentran con una niña en mitad de un frío glacial. Al principio, y después de
ser reacia a albergar a la niña, la esposa de Osamu aceptará cuidarla cuando se
entere de las dificultades que afronta. Aunque la familia es pobre y apenas
gana suficiente dinero para sobrevivir a través de pequeños delitos, parecen
vivir felices juntos, hasta que un accidente imprevisto revela secretos
ocultos, poniendo a prueba los lazos que les unen.
Es un resumen bastante tramposo, pero no quiero hacer
spoilers. Eso sí, cuando salí del cine, sentía que me había dejado el alma
dentro, porque no hay nada peor que saber que la realidad supera a menudo a la
ficción.
Soy optimista por naturaleza, y por eso puedo afrontar
estas verdades tan duras que otros prefieren obviar. Pienso que mirar hacia otro
lado no hace que desaparezcan; antes bien, hay que afrontarlas y buscarles
solución, más si cabe cuando las víctimas son niños.



