Alguien ha mencionado, recientemente, que el sentido del humor – que es una particularidad de los españoles – está en entredicho, pero yo
discrepo de esa segunda afirmación. Lo que muchos cuestionamos es el mal gusto
y el partidismo que se esconden tras un mal uso de la libertad de expresión, no
el sentido del humor en sí mismo. Porque hay chistes que hacen gracia la
primera vez – a veces ni siquiera – pero que la pierden cuando se repiten hasta
la saciedad. Especialmente cuando no buscan hacer reír, sino enmascarar el sectarismo
más acérrimo o contentar a cierto sector de la población a costa de los demás.
Siempre digo que me gusta reírme con las personas, no de ellas. Cuando en un grupo, diez ridiculizan a otros diez, y unos y otros son
siempre los mismos, no me hace maldita la gracia. Sea cual sea el tema. Porque
el humor puede ser más negro que el carbón, pero respetando ciertos límites.
Los dardos han de dispararse en todas direcciones, en caso contrario no es
humor, sino un ataque deliberado y malintencionado.
Lejos de hacer reír, algunos pretenden instalar en España
la provocación constante, el insulto fácil, la vulgaridad y el sectarismo. Y
por ahí no paso; de hecho, somos muchos los que no estamos dispuestos a
permitirlo. Eso no es sentido del humor, es otra cosa que podemos calificar con
adjetivos bastante más feos. Quizás estén acostumbrados a campar por sus
respetos, a que nadie les tosa o replique, pero ya es momento de que se den cuenta
de que no solo no tienen gracia, sino de que no vamos a tolerar ese asalto
injustificado al respeto y al buen gusto.
Algunos les ríen las gracias, yo no. Y no es por falta de
sentido del humor, sino por decencia y respeto a los demás.

